El desarrollo es un proceso dinámico que abarca aspectos físicos, cognitivos, emocionales y sociales. Detectar tempranamente cualquier problema en este proceso es fundamental, ya que permite intervenir y minimizar su impacto a largo plazo.

De manera tradicional, el desarrollo se ha enmarcado dentro de unos “hitos del desarrollo” que plantean objetivos por etapas de crecimiento, en relación a aspectos motores, sensoriales, sociales, emocionales y cognitivos (De León y Campos, 2016). Estos se han utilizado de guía para observar, analizar y señalar posibles problemas durante el crecimiento. Sin embargo, es necesario destacar la importancia de valorar el contexto en el que se desenvuelve el menor para poder realizar una mejor valoración de los mismos. 

Los problemas del desarrollo hacen referencia a las dificultades en áreas como el lenguaje, la motricidad, la cognición o la interacción social, que suelen aparecer en los primeros años de vida,  y que, en ocasiones, repercuten sobre el resto de áreas. Estos pueden manifestarse como dificultades en la motricidad gruesa o fina, en la expresión o comprensión del lenguaje, en habilidades sociales o de interacción, etc. 

Resulta esencial prestar atención a los posibles problemas que pueden aparecer en el desarrollo de un niño/a, ya que, durante esta etapa, el cerebro de los niños/as experimenta una gran plasticidad neuronal, es decir, una capacidad única de reorganizar y crear nuevas conexiones sinápticas en respuesta a experiencias y aprendizajes. Esta neuroplasticidad permite que el cerebro responda de forma dinámica a estímulos ambientales, constituyéndose así un periodo sensible para el aprendizaje y la adquisición de habilidades fundamentales (Kolb y Gibb, 2011). 

Tanto es así, que durante este periodo se produce la adquisición de prerrequisitos fundamentales para muchas funciones cognitivas (lenguaje, control postural, interacciones, etc.). Según estudios de Huttenlocher y Dabholkar (1997), el número de sinapsis en el cerebro infantil alcanza su pico máximo entre los 2 y 3 años, momento en que el cerebro está particularmente receptivo a la influencia ambiental. Esto implica que una intervención en el momento adecuado puede potenciar funciones claves en el desarrollo, de ahí la importancia de una detección temprana de las posibles alteraciones o dificultades. 

La identificación e intervención temprana de estos problemas permiten un mejor desarrollo en el presente y pueden prevenir dificultades futuras. 

Referencias bibliográficas:

  • Huttenlocher, P. R., y Dabholkar, A. S. (1997). Regional Differences in Synaptogenesis in Human Cerebral Cortex. Journal of Comparative Neurology, 387(2), 167-178.
  • Kolb, B., y Gibb, R. (2011). Brain Plasticity and Behaviour in the Developing Brain. Journal of the Canadian Academy of Child and Adolescent Psychiatry, 20(4), 265–276.
  • De León, J. M. R. S., y Campos, A. Á. (2016). Manual de neuropsicología pediátrica. JM Ruiz.

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